Los universos de Marina II
Marina de las Salinas
Cada mañana Marina despertaba, tomaba el cuaderno que guardaba en su mesilla de noche y escribía en él otro de sus maravillosos sueños. Páginas y páginas con escenarios de una vida inventada que solo ella conocía. Mil y un escenarios, todos ellos en lugares que jamás había visitado y con personajes que nunca había conocido. Alguna vez, Marina había escuchado que “uno sueña sobre lo que conoce”, y es por eso que no lograba comprender porqué aquello no era cierto para ella. Ella soñaba con lo imposible: viajes y aventura, ciudades con los más altos rascacielos, bosques que se extendían hasta donde la vista alcanzaba, historias donde ella era la protagonista.
Pero la luz del amanecer revelaba la realidad de Marina. A diario despertaba ante el sopor asfixiante de ver el tiempo seguir su curso mientras ella continuaba atrapada en aquel pueblo pesquero casi fantasma. Condenada a trabajar en la pequeña embarcación de la familia recolectando cangrejos, ostras, ostiones y cuanto pez quedara atrapado en sus redes.
– Abuela, ya casi todos se han ido del pueblo… Deberíamos irnos también. – Marina solía decir a la anciana que pasaba sus días bajo la sombra de árboles tropicales. Aunque la respuesta fuera siempre la misma.
La maldición de la familia Chávez era legendaria entre los vecinos y visitantes. Inscrita en la memoria de los Chávez y cuya presencia se cernía ominosa al acercarse al camino que se alejaba hacia las montañas:
Yo los maldigo, a partir de este día y hasta el final de los tiempos. Maldigo a sus hijos y a los hijos de sus hijos. Jamás han de abandonar este lugar. Algunos llegarán y muchos más partirán, pero no ustedes. Están condenados a pasar el resto de la eternidad en este decadente puerto ¡En sal se convertirán si cruzan el límite del pueblo!
El origen de tal sortilegio se había perdido y poco se recordaba ya de aquel fatídico día en el que las sirenas – según contaba Abuela – habían escrito el destino de los Chávez. Nadie lo cuestionaba; era una verdad para ella y los suyos. Sin embargo, poco importaba ya puesto que solo Abuela y Marina sobrevivían a lo que antaño fuera la familia más importante del pueblo de las Salinas.
Los días se convertían en semanas, las semanas en meses y las ansias de Marina por caminar más allá del límite del pueblo, la invadían cada vez con mayor intensidad. Pero ¿qué podía ella hacer? La maldición la condenaba. Le quedaba no más que vivir a través de los sueños que visitaba al anochecer o a través de las páginas.
Un día Marina despertó escuchando un inusual silencio. Sin escribir esta vez en su diario, se dirigió a la habitación contigua para hallar a Abuela presa del sueño eterno. La lloró en silencio. Lágrimas por Abuela se mezclaban con las que corrían por sus padres y con otras más por su destino que ahora aparecía solitario.
Un puñado de vecinos, los pocos que quedaban, la acompañaron en el camposanto. Ahora Abuela descansaba con los suyos, mientras Marina parecía despertar de un letargo ¿Qué podía ella hacer ahora que se encontraba sola? La respuesta, difusa al inicio, parecía aclararse con el paso de los días.
Fue un domingo, cuando los pobladores que salían de la única iglesia de las Salinas vieron a Marina. Con una valija en una mano y un cuaderno desgastado en la otra, la chica caminaba por la calle principal ante la mirada incrédula de mujeres, hombres y niños por igual. En silencio, la siguieron hasta la salida del pueblo. Al llegar al límite de las Salinas, Marina se detuvo. Un paso más y no sería más que granos de sal al viento. Las incontables veces en que sus padres y Abuela habían repetido la infame maldición aparecieron como susurros de advertencia “¡En sal se convertirán si cruzan el límite del pueblo!”.
Armándose de valor dio un paso, preparándose para desmoronarse y ser arrastrada por la brisa marítima. Al ver que nada ocurría dio un paso y otro más. Sintiéndose libre por primera vez en su vida, se permitió sonreír, al igual que sus vecinos de antaño a su espalda. Avanzó unos metros más hasta la parada del autobús que partió puntual al mediodía con Marina de las Salinas y sus sueños a bordo.

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